Cinco días, o algo menos, circulando en el antiguo Reino de Cerdeña y Córcega. Una constatación inmediata: como en muchos países afortunados por la naturaleza, el contraste entre la obra humana y el medio natural es extraordinario. La fealdad de los pueblos y ciudades, y la exhuberancia bellísima de las costas y montañas. Aquí además con reminiscencias de la tierra pobre que fue.
Una segunda fácil constatación: la globalización puede con todo, y más en áreas turísticas. El sardo, los diversos dialectos corsos y como no, el catalán del Alghero son crecientemente una ilusión en retroceso; la gastronomía básicamente continental; la música, que decir!.
Por fin, la admiración por la moderación urbanística y por la no destrucción del país al estilo español de los últimos años. Ni mafias, ni “tangenti”?, ni estupideces políticas logran torcer el que supongo consenso claro y determinado para preservar. En otras partes complicadas de Italia como en la Campania, o algo menos en Sicilia también se observa. En ninguna parte la destrucción ha sido tan extensa, profunda y sistemática como en la costa española en los últimos 15 o 20 años.
En todo caso, de los pasos fugaces por muchas partes de las islas un pensamiento permanente: el volver con más calma, para gozar de esas pequeñas maravillas apostadas en tantos rincones, quizás para buscar algún viejo y probablemente olvidado amigo Sardo con quién conocer la forma de pensar de lo que queda de estas islas. Lo que hay de verdad y de mentira en tanta gente sólo entrevista en nuestros pasos rápidos en busca de curvas y velocidad. Faltará, eso si, la amistad y tolerancia reinante estos días. También unos valores escasos.