Tras la entrada en barrena de Grecia en una situación de preinsolvencia, todas las miradas de los mercados han confluido en los restantes cerdos (PIGS bajo la denominación colectiva que la prensa anglosajona logró popularizar), es decir los “sureños”, Portugal, Italia, España; más Irlanda.
La radical divergencia de las economias nacionales de la zona euro, la incapacidad de la Unión Europea para plantear una verdadera política económica y fiscal común, y la debilidad congénita de las economias de los PIGS, han situado al euro y a la Unión Monetària en una coyuntura muy complicada.
Nadie duda de que no se dejará caer a Grecia, sea a través del FMI o sea a través de una actuación de salvamento conjunta de los paises centrales del euro, Alemania y Francia. Sin embargo, permanecerá inalterable el riesgo para la moneda única por la incapacidad de estas economías para superar sus desequilibrios estructurales, una pobre competitividad, y en general para recuperar un crecimiento sostenido.
Es finalmente el proyecto europeo el que recibe un toque de atención. Uno más. Poco a poco, la incapacidad europea para posicionarse en el entorno global, para afrontar con valentía un mundo totalmente distinto del que vió la firma del Tratado de Roma, va llegando a un punto de no retorno en el que la “siesta europea” puede convertirse en permanente.