Las noches ya refrescan en este inicio del otoño santiagueño. Paseo sin destino prefijado tras una cena temprana y agradable. Las piernas me llevan a la Moneda. Recuerdo que en otras ocasiones estaban Lagos, Bachelet, ahora Piñera. Pero siempre unos perros, también ahora, de raza indefinida merodeando el Palacio que parece un cuartel grande. ¿Esperan que a cierta hora les saquen unas sobras del Gobierno? ¿Consideran más seguros a los guardias armados que permanentemente rodean el edificio que el resto de ciudadanos, para mantener su libertad callejera?
No he descubierto el secreto de los perros de La Moneda pero he percibido que, a los ocupantes del Palacio, les aparecen siempre sus propios perros rabiosos. Ahora, a Piñera, no de la Concertación vencida y opositora, sino de sus propias filas, quizás descontentas por no haber sido requeridos a Palacio, le llueven los desplantes y las críticas por una subida de impuestos ligera, a fecha fija su revocación, y para financiar la necesaria reconstrucción. Son los verdaderos perros de La Moneda, congéneres de los canes hambrientos y de aquellos que, en todos los paises, ni hacen ni dejan hacer.